un ataque de lucidez 07 Dic 2019

BY: psicologa

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Un ataque de lucidez. Jill Bolte Taylor

La doctora Jill Bolte Taylor, acreditada neuróloga (neuroanatomista) que investiga el cerebro humano postmortem y su relación con la esquizofrenia y las enfermedades mentales graves. Fundó la organización no lucrativa Jill Bolte Taylor Brains, Inc.

En 1996, experimentó una hemorragia grave en el hemisferio izquierdo de su cerebro, a los 37 años de edad, un ictus hemorrágico en el hemisferio cerebral izquierdo, del que fue testigo consciente, con una consciencia mayor debido a su propia formación neurológica. y publicada en Harvard, Después de esta malformación arteriovenosa del cerebro (MAV), no podía caminar, hablar, leer, escribir ni recordar nada de su vida. A la doctora Jill le llevó ocho años recuperar por completo toda su función física y la capacidad de pensar.

Según su testimonio, vivió toda aquella experiencia –ataque, diagnóstico, intervención, recuperación posterior durante ocho años- como “una bendición” que habría de cambiar su modo de vivir y de ver la vida.

En 2008, la doctora Jill hizo una presentación en la Conferencia TED en Monterey, CA, que catapultó su historia a la luz pública y fue elegida como una de las 100 personas más influyentes de la revista Time en el mundo en 2008.

Asimismo, fue la invitada premier en la Serie de Web-Cast el Alma de Oprah(Oprah’s Soul Series web-cast), y su libro Un ataque de lucidez se convirtió en un bestseller del The New York Times que fue traducido a más de 30 idiomas.

Animada por un deseo de ayudar a quienes pueden sufrir un accidente similar, así como a los familiares o personas que les ayuden, en la actualidad se dedica a ofrecer conferencias sobre lo que fue su propia experiencia.

En realidad, su motivación es más amplia: quiere animar a las personas a entrar conscientemente en contacto con el hemisferio derecho de nuestro cerebro, con nuestra “mente derecha”, para vivir de un modo más pleno, en la gratitud, la alegría y la compasión que se experimentan cuando somos capaces de vivir en el presente.

 

Jill Taylor recogió esa experiencia, con lo que aprendió de ella, en un libro publicado en 2006: My Stroke of insight, que acaba de ser traducido al castellano con el título Un ataque de lucidez.

Junto con la admiración que me despertó el modo como vivió su proceso de recuperación, me llamó mucho la atención el relato de las vivencias que tuvo durante el tiempo en que su hemisferio izquierdo fue anegado en sangre, quedando activo únicamente, en cierto modo, el derecho.

En concreto, me parece importante su invitación a conectar voluntariamente con nuestra “mente derecha”: es lo que hacemos cada vez que venimos al momento presente, volcados en lo que hacemos, o en tiempos de silencio, practicando la meditación.

Hasta un cierto punto, se trata de una experiencia en la que no hay “pensamiento”, pero sigue habiendo “conciencia”. Y esto me parece decisivo, si se tiene en cuenta hasta qué punto solemos vivir enredados en pensamientos sin consciencia (o rumiación). Lo que, en cualquier caso, parece claro es que, para “venir” y “permanecer” en el hemisferio derecho, necesitamos aprender a acallar la mente: de hecho, una mente silenciosa es garantía de que nos hallamos en él.

Y como trasfondo, algo que constituye para ella una evidencia: la tremenda “plasticidad” del cerebro humano para reparar, sustituir y volver a entrenar sus circuitos neuronales. “El cerebro tiene una increíble capacidad para cambiar sus conexiones, basándose en los estímulos que le entran. Esta «plasticidad» del cerebro es la base de su capacidad para recuperar las funciones perdidas”.

 

Lo que ofrezco a continuación es lo siguiente: una crónica que apareció en el diario “El Mundo”, el día 3 de junio de 2008; una serie de textos de la doctora J. Taylor, extraídos de su propio libro.

 

DE LA EMBOLIA AL NIRVANA

CARLOS FRESNEDA (Diario “EL MUNDO”, 03-06-2008)

NUEVA YORK.– Primero fue un dolor agudo en la cabeza, después la sensación de que la realidad se desdoblaba. Perdió la capacidad de leer y de interpretar los números, se le paralizó un brazo, no podía andar. Pensó que no había escapatoria, que sus minutos estaban contados. Como si fuera la última proeza de su vida, recordó a duras penas el teléfono del trabajo y alcanzó a marcar: «¡Soy Jill, necesito ayuda!». Acababa de sufrir una embolia cerebral.

Jill Bolte Taylor tenía entonces 37 años y era una prestigiosa neuróloga en el Centro de Recursos de Tejidos Cerebrales de Harvard. Había llegado a la psicología y a la biología para ahondar en la esquizofrenia de su hermano.

Conocía como pocos la anatomía del cerebro humano; había manipulado unos cuantos con sus manos. Nunca sospechó que ese conocimiento de primerísima mano le vendría de perlas para el insospechado viaje al fondo de su propia mente.

«Sufrí una hemorragia interior en el lóbulo izquierdo y en menos de cuatro horas mi mente perdió la capacidad de procesar información», recuerda. «Pero al mismo tiempo tuve la sensación de una profunda paz interior (…) No soy una autoridad en la materia, pero pienso que los budistas dirían que entré en el estado que llaman nirvana».

My Stroke of insight se titula el apasionante libro en el que Jill Bolte Taylor narra desde muy dentro su experiencia, que explica así: «Mientras el hemisferio izquierdo de mi cerebro perdía sus funciones analíticas, el hemisferio derecho emergió en toda su plenitud, sin inhibiciones. Es ahí donde anidan la creatividad y la sensibilidad artística. Es también de donde emanan la paz, el júbilo, la compasión y la sensación de ser uno con el universo».

Aunque tuvieron que practicarle una craneotomía y extraerle un coágulo del tamaño de una bola de golf, la neuróloga nunca perdió su recién conquistado sentido del humor: «¡Eh, doctor, tengo 37 años y estoy soltera, así que hágame el favor de no dejarme calva!».

Recuperarse física y mentalmente le llevó nada menos que ocho años. Tuvo que reaprender a sumar y restar, ejercitar con un profesor de dicción, «y volver a explorar el mundo de un modo táctil, como si fuera un niño». Le dijeron que era prácticamente imposible recuperar todas las funciones dañadas, pero ella se empeñó con la ciencia en la mano: «Si de algo estoy convencida es de la increíble plasticidad del cerebro. Nuestra materia gris es como un patio de recreo repleto de niños… Si les quitas el tobogán, los chavales encuentran enseguida otra cosa que hacer. Lo mismo pasa en el cerebro: las neuronas no pueden quedarse mucho tiempo desocupadas».

Jill Bolte Taylor no ha vuelto a su querido laboratorio de Harvard, pero ejerce ahora como profesora en la Universidad de Bloomington (Indiana) y recorre el país dando conferencias que causan una gran expectación. Más de dos millones de internautas han pinchado el vídeo con su intervención en el congreso de Tecnología, Entretenimiento y Diseño (TED). La revista Time la ha elegido entre las 100 personas más influyentes del año 2008.

Las reticencias iniciales de la clase científica ante el arranque místico de la  neuróloga han dejado paso a la curiosidad creciente por su experiencia, que puede ser de gran utilidad para la recuperación en casos de embolia. Jill Bolter Taylor quiere ir aún más allá e invita al común de los mortales a explorar y liberar el hemisferio derecho (considerado tradicionalmente como el lado femenino) del dominio tantas veces implacable del lóbulo izquierdo: la parte cerebral, lógica, fría, egoísta, juiciosa, analítica.

«Estoy convencida de que cuanto más tiempo pasemos funcionando en la profunda paz interior que emana del hemisferio derecho, más seremos capaces de proyectar paz en el mundo», sostiene Taylor, que se remite a los estudios sobre la meditación y los monjes tibetanos. «En la mente derecha sólo existe el presente, y es ahí donde se experimenta el gozo de vivir en el momento. El hemisferio izquierdo llega después y lo divide todo en pasado, presente y futuro».

Taylor admite sin embargo que la mente izquierda es esencial para funcionar en la vida diaria, y advierte que las conexiones entre los dos hemisferios a través del cuerpo calloso «son tan íntimas y constantes que resulta muy difícil separarlas».

Más de 40 trepidantes páginas le dedica la neuróloga a esas cuatro horas de inmersión total en el océano de la mente… «Me sentí suspendida en dos mundos, capturada entre dos planos de la realidad», concluye la neuróloga. «El infierno existía en el dolor de mi cuerpo herido y hecho un ovillo, como si fuera un feto; el cielo existía en forma de consciencia y de dicha eterna. Y a pesar de todo, en algún profundo lugar dentro de mí, había un ser jubiloso celebrando el hecho de haber sobrevivido».

1958: Nace en Terre Haute (Indiana). 1970: La esquizofrenia de su hermano  le lleva a interesarse por la Psicología. Se licencia en Psicología y en Biología por la Universidad de Bloomington. 1994: Directora de la Alianza Nacional de Enfermedades Mentales Manhattanhenge. 1996: Sufre una embolia que le deja parcialmente paralizado el lóbulo izquierdo del cerebro. 2008: Tras su recuperación, escribe el libro ‘Un ataque de lucidez’.

Jill B. Taylor cuenta que vivió el “viaje hacia el abismo sin forma de una mente callada, donde la esencia de mi ser quedó envuelta en una profunda paz interior… Mi conciencia entró en una fase en la que sentía que era una con el universo”.

“Para la mente derecha (hemisferio derecho), no existe más tiempo que el momento presente: el ahora intemporal. Es un momento en que todo y todos estamos conectados como una sola cosa.

“El hemisferio izquierdo manifiesta ese concepto de tiempo en el que nuestros momentos se dividen en pasado, presente y futuro. Es también el centro de nuestro ego, quien define nuestro “yo”.

En este vacío de cognición superior y detalles acerca de mi vida normal [tras padecer el ictus], mi conciencia ascendió a un estado de “saberlo todo”, de “ser uno” con el universo… «¡Soy Vida! Soy un mar de agua encerrado en esta bolsa membranosa»En lugar de un flujo continuo de experiencia que se pudiera dividir en pasado, presente y futuro, cada momento parecía existir en perfecto aislamiento… Y estando así sumida en las profundidades de la falta de temporalidad mundana, los límites de mi cuerpo terrenal se disolvieron y me fundí con el universo… Aceptada dentro de un capullo sagrado con una mente en silencio y el corazón tranquilo, sentí que la fuerza de mi energía se elevaba. Mi cuerpo cayó inerte y mi conciencia ascendió a una vibración más lenta… Sentí que mi espíritu renunciaba a su unión con este cuerpo y quedé liberada del dolor.

Me sentía como un genio liberado de su botella… Esa ausencia de límites físicos, mejor que el mejor de los placeres que podemos experimentar como seres físicos, era una beatitud gloriosa… Aquel día especial aprendí el significado de simplemente «ser»…

“Toda mi concepción del yo cambió, porque ya no me percibía a mí misma como un individuo, un sólido, una entidad con contornos que me separaban de las entidades que me rodeaban. Comprendí que en lo más elemental soy un fluido… Mi alma era tan grande como el universo y se regocijaba alegremente en un mar sin límites… En algún lugar en el fondo de mí había un ser jubiloso.

Percibía a la gente como paquetes concentrados de energía”.

[A partir de lo vivido durante la experiencia del ictus y del proceso de recuperación posterior], “la bendición que había recibido con aquella experiencia era el conocimiento de que la paz interior es accesible para cualquiera en cualquier momento… En cualquier momento podemos decidir conectar con la parte derecha de nuestro cerebro… La paz está sólo a un pensamiento de distancia, y lo único que tenemos que hacer para acceder a ella es acallar la voz de nuestra dominante mente izquierda…

“Qué maravilloso don ha sido este ataque que me ha permitido elegir y decidir quién y cómo quiero ser en el mundo. Antes del ictus, creía ser un producto de este cerebro, con un poder mínimo para decidir qué sentía o qué pensaba. Desde la hemorragia, se me han abierto los ojos a la mucha capacidad de decisión que tengo en realidad sobre lo que ocurre entre mis orejas…

“He adquirido una clara delineación de los dos personajes tan distintos que habitan en mi cráneo… Mi ataque de lucidez me hizo ver que en el núcleo de la conciencia de mi hemisferio derecho hay un personaje directamente conectado a mi sensación de profunda paz interior. Está comprometido a fondo con la expresión de la paz, amor, alegría y compasión por el mundo.

La sensación de profunda paz interior se debe a un circuito neurológico situado en nuestro cerebro derecho. Este circuito está funcionando constantemente y siempre está a nuestra disposición para conectarnos a él. La sensación de paz es algo que ocurre en el momento presente… El primer paso para experimentar la paz interior es la voluntad de estar presente en aquí y el ahora… Pero lo más importante es que nuestro deseo de paz sea más fuerte que nuestro apego al sufrimiento, nuestro ego o nuestra necesidad de tener razón. Me gusta ese antiguo dicho que reza: «¿Quieres tener razón o quieres ser feliz?»”.    

 

JILL B. TAYLOR, Un ataque de lucidez. Un viaje personal hacia la superación, Debate, Barcelona 2009, 271 pags., 21 €.

 

05 Dic 2019

BY: psicologa

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Soy tú

 

SOY TÚ – ESTRENO EN REDES SOCIALES DEL FILM MÍSTICO SOY TÚ DIRIGIDO POR JOAN CUTRINA E INTERPRETADO POR ANA MILÁN, MIQUEL FERNÁNDEZ, LLUÍS SOLER Y PEP CRUZ.

Este tema también esta tratado en el Libro “El espejo” de Yochinori Noguchi, donde enseña ocho pasos para conseguir perdonar. Dedicado a aquellas personas que hasta ahora no han conseguido perdonar a alguien, pon en práctica estos pasos y tendrás la posibilidad de dar un giro claramente favorable a tu vida.

Ocho pasos para conseguir perdonar (extracto del libro)

Ahora le indicaré ocho pasos para conseguir perdonar. Aquellas personas que hasta ahora no han conseguido perdonar a alguien, si lo ponen en práctica tendrán la posibilidad de dar un giro claramente favorable a su vida.

  1. Haga una lista con aquellas personas a las que «no puede perdonar»

Escriba en una hoja de papel el nombre de aquellas personas sobre las que piensa: «Me sentiría mejor si pudiera perdonarle», «Me gustaría tanto poder hacer las paces con él/ella».

La relación con los padres es especialmente importante. Pregúntese si no le reprocha nada a su padre o su madre, y si realmente les está agradecido/a. Y si fuera el caso, escriba también sus nombres en la lista.

Si está casado/a, pregúnteselo también respecto a su pareja. Si está divorciado/o pregúntese si se ha reconciliado con su ex pareja.

Este paso sigue siendo válido incluso aunque aquella persona ya haya fallecido. Escriba también en la lista el nombre de todos aquellos a los que «no pueda perdonar», vivos o muertos.

Una vez elaborada la lista, escoja la persona con la que pondrá en práctica los «ocho pasos para conseguir perdonar».

  1. Exprese sus sentimientos

Prepare varias hojas de papel y escriba sus sentimientos hacia aquella persona. Escriba los sentimientos que tenía en esos momentos, más que las situaciones concretas.

Si le aparecen sentimientos de ira, puede expresarlos con las palabrotas que se le ocurran: «imbécil», «desgraciado». No importa.

Si recuerda la tristeza y el dolor que sintió entonces, también puede escribirlo.

Escriba sus sentimientos tal como salgan. No va a leerlo nadie, así que no hace falta que haga cumplidos ni que se controle. Si le entran gañas de llorar, llore. Llore tanto como quiera, porque después se sentirá mejor.

Cuando crea que ya ha escrito todo lo que siente, pare y rompa el papel. Tírelo a la papelera.

  1. Busque los motivos de aquellos actos

1. Escriba qué hizo aquella persona a la que «no puede perdonar».

2. Imagine y escriba los motivos que llevaron a aquella persona a actuar detal manera. Los motivos que hacen actuar a las personas se pueden dividir a grandes rasgos, en dos tipos. «Querer sentir placer» y «Evitar sentir dolor». Piense en qué placer deseaba sentir aquella persona que le hizo actuar de esa manera. O bien, en qué dolor pretendía evitar. Imagine las causas y escríbalas.

3. Cuando acabe de escribir, no juzgue cómo «erróneos» los motivos, sino que intente comprender la inmadurez, la torpeza, y la debilidad de aquella persona. Los seres humanos cometemos errores frecuentemente. Por ejemplo, hacemos algo pensando que nos hará sentir alegría, pero nos termina haciendo sufrir. A veces, actuamos para evitarnos algún sufrimiento,- pero lo único que conseguimos es más dolor. Esto demuestra nuestra inmadurez, nuestra debilidad y lo torpes que somos. Debemos comprender que los actos de los otros son a causa de su inmadurez, su poca habilidad y su debilidad.

4. No debe pensar en si los actos de los otros eran correctos o equivocados,es necesario que se centre en los motivos que los llevaron a actuar. Y diga lo siguiente: «Al igual que yo lo puedo desear, él/ella también deseaba sentir placer» o «Al igual que yo lo puedo desear, él/ella también deseaba evitar sentir dolor».

  1. Escriba aquello que puede agradecerle

Escriba todo lo que puede agradecer a aquella persona. Aunque parezca insignificante. Intente escribir tanto como pueda.

Aunque necesite mucho tiempo, intente recordar lo máximo posible.

  1. Utilice la fuerza de las palabras
  2. En primer lugar haga la siguiente declaración:

«Para mi propia felicidad, calma y libertad perdono a…». 2. A continuación repita «perdono a…». Si es posible, repítalo en voz alta.

Aunque sea en voz tan baja que no pueda oírlo nadie. No hace falta que lo sienta en el corazón. Aunque los sentimientos le digan «Nó le puedo

perdonar», puede decirlo simulándolo.

Repítalo durante más de 10 minutos. En 10 minutos lo puede repetir entre cuatrocientas y quinientas veces. Y si es posible hágalo durante media hora. Este es un paso crucial.

En el caso de Eiko, Yaguchi se saltó este paso y le aconsejó llamar a su padre directamente.

Considérelo como un caso excepcional. Yaguchi conocía la situación personal de Eiko y decidió que eso era lo más adecuado. En general aconsejo realizar bien este paso y actuar después de aparecer el «sentimiento de agradecimiento».

  1. Escriba aquello de lo que querría disculparse

Escriba aquello de lo que querría disculparse a esa persona, cuanto más mejor.

  1. Escriba aquello que haya aprendido

Escriba lo que ha aprendido gracias a la relación con aquella persona.

Si piensa en «cómo hubiera sido mejor tratarme con aquella persona» quizá pueda darse cuenta o aprenda algo nuevo.

¿Cómo cree que podría haberse tratado con aquella persona para conseguir que los dos fueran más felices?

  1. Declare “Le perdono”

Diga: «perdono a. . .».

Estos eran los «Ocho pasos para conseguir perdonar».

No importa si después de haber realizado los ocho pasos todavía le persiste el sentimiento de «no le puedo perdonar». En este caso repita el apartado 2 del paso 5.

Repita «gracias… (el nombre de la persona)», mientras recuerda su cara.

Si es posible, repítalo cada día durante más de cinco minutos. Unos días después debería sentir un cambio.

Cómo hacer realidad una vida feliz

Si durante el proceso de realización de estos pasos ha sentido agradecimiento hacia aquella persona, ¿qué le parecería si le diera las gracias? Y si hubiera pensado «me querría disculpar», ¿qué le parecería pasar a la acción antes que el sentimiento se desvanezca?

Gracias a lo que hizo, Eiko se liberó de la prisión que representaba el «no poder perdonar », y consiguió la libertad. Al igual que Eiko tuvo suficiente valor para actuar y esto le cambió la vida, pienso que sus actos llenos de valor también pueden cambiarle a usted la suya.

Si entre las personas incluidas en la lista de «No puedo perdonar» que ha escrito en el paso 1, se halla el nombre de su padre o su madre, es sobre todo necesario que realice todos los pasos.

Gracias a esto, la vida de muchas personas cambiará de forma increíblemente favorable. La relación que se tiene con los padres se refleja en muchas relaciones humanas, y le será muy beneficioso si se reconcilia de corazón con ellos.

Un día me comentaron: «Al igual que hizo Eiko, un día tuve el suficiente valor para dar las gracias a mis padres, pero no las aceptaron y me replicaron: «¡Y ahora qué nos dices!».

En este caso, lo más probable es que muchos se enfaden con sus padres. Si esperáis que vuestros padres reaccionen como el padre de Eiko, probablemente acabaréis más enfadados de lo que estabais. Cuando os disculpáis o dais las gracias, lo ideal es hacerlo sin esperar a que los otros cambien.

El objetivo es transmitirlo, aunque no sepáis si aquella persona lo aceptará o no. Si sois capaces de transmitirlo, ya es suficiente.

Si os rechazan, significa que aquella persona está muy dolida. Esto es su debilidad. Además, puede ser que, aunque os rechace abiertamente, vuestras palabras, en el fondo, le hagan sentir algo.

En todo caso querría que os valoraseis por el hecho de haber actuado. Y que os sintierais satisfechos por haber escogido perdonar. Por haber perdonado, dejáis de ser la víctima y volvéis a ser los responsables de vuestra propia vida. Deberíais sentiros orgullosos por esto.

No olvidéis las palabras (la «ley de lo inevitable ») de Yaguchi:

«Todos los problemas que surgen en la vida ocurren para hacernos dar cuenta de algo importante. Usted no tendrá nunca ningún problema que no pueda solucionar. Usted tiene la fuerza necesaria para resolver cualquier problema, el cual ocurre para que a través de su solución usted se dé cuenta de algo importante.»

Deseo que este libro le ayude a hacer realidad una vida feliz. Y me haría inmensamente feliz si con este libro usted pudiera ampliar el círculo de personas felices que le rodean.

Si mientras ha leído este libro se ha dado cuenta de algo o ha sentido alguna emoción, no dude a compartirlo con los que le rodean. Imagínese su cara de felicidad al compartirlo. Podría ser que sus actos acarrearan buena suerte, libertad y reconciliación con alguien.

¡Con mis mejores deseos para que haga amistades maravillosas!

Espero que se amplíe el círculo de personas felices a su alrededor.

Y deseo que la tierra se llene de buenos sentimientos y de agradecimiento.

Parte de los ingresos derivados de la venta de este libro se destinan a la organización Save the Children. Es una organización no gubernamental (ONG), reconocida por las Naciones Unidas, que trabaja para los niños. Trabaja en programas de ayuda para conseguir que los «Derechos de los Niños» sean una realidad en más de 155 países.

De los 132 millones de niños que nacen anualmente en el mundo, once millones mueren antes de alcanzar los cinco años. Los niños mal nutridos y que viven en la pobreza, antes de pensar en si perdonan o no a sus padres, deben preocuparse de «cómo podré sobrevivir y cómo conseguiré una vida segura ».

Seré muy afortunado si con este libro consigo ayudar a los niños del mundo.

 

 

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